
Si en el mundo hay países abiertos y cerrados, más que capitalistas y socialistas, ¿por qué la mayoría de los teóricos insiste en encasillar a los gobiernos en la derecha o la izquierda como en los albores de la Guerra Fría?
China, por ejemplo, es despiadadamente capitalista en lo económico y horriblemente comunista en lo humano. ¿Es una dictadura de derecha o de izquierda? La izquierda tenía un problema de identidad desde el 9 de noviembre de 1989. En el polvillo de los escombros del Muro de Berlín quedó flotando una pregunta clave: what’s left? Traducido: ¿qué queda? o ¿qué es izquierda? Fusionado: ¿qué queda de la izquierda?
Esa duda transitó sin pena ni gloria los años noventa y los primeros del siglo XXI, llamados “nada” por la inexorable influencia de la globalización en un mundo que se perfilaba sin fronteras. La economía, representada por los mercados, desplazó a la política, representada por los gobiernos. En esos años, Tony Blair, Lionel Jospin, Gerhard Schröder y Bill Clinton aplicaban la fórmula de la guitarra: el poder se toma con la izquierda y se ejecuta con la derecha. El progresismo, rico en rostros frescos, contagiaba entusiasmo a la luz del new labour británico, la socialdemocracia alemana, el socialismo francés y los nuevos demócratas norteamericanos.
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