En el año 2023, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva intentó proteger a Daniel Ortega en la OEA obstruyendo una resolución en su contra. Esta semana la historia se volvió a repetir. Brasil primero saboteó la reunión de Cancilleres y ahora quiere suavizar una resolución contra el régimen sandinista.
El presidente de Brasil no quiere que a Ortega se le considere una amenaza hemisférica. Ha pedido que esa calificación se elimine de la resolución de cancilleres. Una amenaza hemisférica implicaría una acción colectiva y firme contra la dictadura y eso para Lula es inaceptable.
La delegación del gobierno de Brasil se opone radicalmente a demandar el retiro de Nicaragua del personal de seguridad, tecnología e instalaciones procedentes de potencias extracontinentales (China, Rusia o Irán). Esta amenaza real, para Lula es simplemente un acto de solidaridad inofensivo.
Da Silva tampoco quiere sanciones financieras, económicas o mayores presiones diplomáticas contra el régimen. No. Lula quiere un diálogo estéril y eterno. Que dependa del tirano y no del dolor del pueblo. En otras palabras, impunidad total y sin consecuencias reales.
Brasil pide “Elaborar, a través de estas consultas, una hoja de ruta con un marco temporal definido que sirva de guía para su labor, señalando las medidas concretas mediante las cuales los actores afectados puedan demostrar su voluntad de cooperar para alcanzar ese objetivo”.
La resolución de la OEA busca “un diálogo rápido y directo con las autoridades nicaragüenses, incluso mediante una posible visita a Nicaragua encabezada por ministros de relaciones exteriores”. Brasil quiere una visita amigable a Ortega por parte de un grupo de notables, sin poder ni propósito. Turistas diplomáticos y nada más.
Lula es cínico, pero no sorprende a nadie. Hace unos meses pidió que Nicolás Maduro fuera juzgado por los “imparciales” tribunales de justicia chavistas. Aseguró una y mil veces que la extracción del tirano era una violación a la soberanía de Venezuela. Un abuso imperial.
Da Silva es amigo de tiranos. Apoyó y financió el programa Más Médicos que promovía un modelo de esclavitud moderna usando y abusando de galenos cubanos. El objetivo era salvar al régimen, pero jamás dijo una palabra por los 1300 presos que se pudren en cárceles de la dictadura.
Lula también defendió a Putin y su deseo de anexarse territorio soberano de Ucrania. Jamás dijo nada sobre el secuestro de niños ucranianos o del reclutamiento de mercenarios en Latinoamérica y África. Una vez más se quedó en silencio y miró al costado.
Lula defiende a Ortega porque quizás cree que es justo asesinar a 350 personas, encarcelar sacerdotes, profanar templos y prohibir la fe cristiana. Quizás hay una admiración a un régimen que ha cerrado universidades y confiscado empresas privadas. Lula quizás admira esos antivalores.
La deuda moral de Lula con Daniel Ortega es antigua. Un año después del triunfo sandinista en 1979 Lula fundó el Partido de los Trabajadores y gracias a Ortega conoció a Fidel Castro, su líder y mentor. Tras esa visita a Nicaragua surgió lo que más tarde sería el infame Foro de Sao Paulo.
Lula ha hecho mucho daño a los pueblos de Nicaragua, Cuba y Venezuela. Su pasión por los dictadores evidencia una peligrosa amenaza para Brasil en el presente y en el futuro. Un daño irreversible al estado y sus instituciones.
El pueblo de Brasil tiene una cita con la historia este domingo. El país más grande de Latinoamérica puede escoger a un defensor de tiranos, ayatolas e invasores o pueden optar por el camino de la libertad, la democracia, la seguridad y la prosperidad. Ojalá y escojan bien.