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Migración

Nuestros trágicos éxodos: el Darién

Nuestros trágicos éxodos: el Darién
Tapón del Darién - Foto tomada de: (EFE)
Lea aquí la última columna de opinión de Héctor Schamis, profesor de la Universidad de Georgetown.

Ocurre hace tiempo pero ahora se ha hecho visible. Es que ahora el Darién llegó a The New York Times. El soberbio reportaje de Julie Turkewitz abruma y angustia. Las extraordinarias fotos de Federico Ríos, en la mejor tradición del maestro Sebastião Salgado, lastiman. Todo ello nos obliga a volver a leer y a mirar esas imágenes una y mil veces. Para entender, para intentar creer lo que allí se lee y se ve.

Si se tolera, claro; el primer instinto es la negación, dejar de leer y pasar por las fotos de manera rápida, superficial. Es inimaginable, pero no es ficción. La mirada perdida de los adultos y el llanto de incomprensión de los niños; el sufrimiento humano que se contagia por medio de un texto y doce fotos. El barro se ve hasta en sus ojos.

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Son las trágicas migraciones de los latinoamericanos. En 2018 y 2019 estuve en Cúcuta. Fui testigo del éxodo de los venezolanos, los caminantes de los Andes. Los vi cruzar el Táchira a pie, los vi hacinarse en el refugio de migrantes. Los vi seguir hacia el sur, Ecuador, Perú y más allá. Lo escribí en varios textos.

Hoy muchos se dirigen al norte a través de América Central, empezando por el tapón del Darién. En esa selva impenetrable del istmo panameño los migrantes caminan por el lodo espeso, allí no hay caminos. La presencia del Estado es tenue, si acaso, y por ende tampoco hay ley. Van hacia el norte, así como los caminantes de los Andes se dirigían hacia el sur.

Los venezolanos son mayoría, y por ello reciben más atención, como en la nota del Times. Sin embargo, también hay cubanos, haitianos y de otras nacionalidades del hemisferio. Se cuentan de a decenas miles. No estuve allí, escuché testimonios de los mismos migrantes; los que lograron salir vivos, esto es.

Todos ellos coinciden: ningún tramo del viaje es comparable al Darién. Allí la ley no solo está ausente, también es quebrantada por los mismos que deben hacerla cumplir: la guardia fronteriza, el ejército y la fuerza policial panameña. En sociedad con los coyotes, el tráfico de personas es el negocio que prospera en esa zona. Si así ocurre en la cima del poder, con más razón en la periferia. En colusión con los coyotes, ellos son quienes violan a las mujeres migrantes.

Nada de ello es necesariamente por culpa del gobierno panameño. Eso es América Latina, ahora y siempre. Fronteras porosas, ausencia de instituciones estatales y baja capacidad donde sí se las ve. Fácil de ser capturadas, son vulnerables a los proto-Estados con los que compiten.

Nada de esto es nuevo. En vastas zonas de la región el mapa del Estado como aparato burocrático y legal no coincide con el mapa político; no hay presencia estatal. Narcos, guerrillas, maras, traficantes de personas y contrabandistas, sino un conglomerado de todos ellos, compiten con el Estado por el control territorial, o sea, por la soberanía, y muchas veces lo hacen con éxito.

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La magnitud de recursos del crimen organizado hoy es tal, que la captura del Estado constituye una operación menor. Se ve hasta en un Estado robusto como el mexicano, ese es el origen de la migración latinoamericana actual. A comienzos de la década pasada nos indignábamos con las imágenes de niños migrantes hacinados en albergues fronterizos, viajaban solos. Sigue sucediendo, es solo que ya no nos sorprende tanto.

Son los niños cuyas madres—el padre está ausente o fue asesinado—los envían al norte en un tren al que llaman “La Bestia” pagando miles de dólares a un coyote, o bien en una precaria balsa desde Cuba y Haití.

Pues esa madre lo hace imbuida de amor y racionalidad: para evitar que los narcos los recluten, a sabiendas que sus “ofertas de empleo” no pueden ser rechazadas, y que la probabilidad de sobrevivir en La Bestia y donde puedan llegar esos niños es más alta que en el narcotráfico.

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Por supuesto, la migración es racional. No hay empleo, no hay salud ni educación, no hay ley, no hay Estado, el crimen organizado manda y, además, las dictaduras torturan y asesinan. Esa es la realidad de Venezuela, entre otras, hasta el horror del Darién se ve mejor. Mientras dichos regímenes represivos continúen en el poder, seguiremos escribiendo sobre la tragedia del éxodo.

Héctor Schamis


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