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Asdrúbal Aguiar Régimen venezolano

Los escombros de la república

Lea aquí la última columna de opinión de Asdrúbal Aguiar, Secretario General del Grupo Idea.

Por: Asdrúbal Aguiar

En los últimos años he insistido en dos ideas sobre Venezuela, cuya muy dolorosa experiencia me las confirma. Mis aproximaciones eran teóricas, sin que dejase de estimarlas como reales. No eran simples hipótesis. Una es la desmaterialización constitucional de la república.

A raíz de la saga que inaugura Hugo Chávez Frías (véase nuestra Historia inconstitucional de Venezuela, 2012) aquélla se hizo hiperbólica a partir de 2013. El vicepresidente, Nicolás Maduro Moros, colombiano, impedido de ser candidato presidencial por ser el vicepresidente en ejercicio asumió la presidencia. Lo había ordenado Chávez Frías en su tránsito hacia la muerte. El Tribunal Supremo de Justicia confeccionó el vestido a la medida de lo acordado en La Habana. Los hermanos Castro y su añeja organización criminal trasnacional del narcotráfico, asociada a la narcoguerrilla colombiana, se aseguraron, así, la transformación de nuestra república en un protectorado.

Chávez le abrió las puertas a las FARC en agosto de 1999. Pactó con estas un «modus vivendi» y asoció a sus negocios criminales a la Fuerza Armada, columna histórica de la república. Ha sido la gran ausente en La Guaira, mientras la parca se engullía a decenas de miles de sus habitantes el pasado 24 de junio. La república construida en 1811, que se reafirma en 1830, que ve arrasado al 30% de su población durante las guerras fratricidas por la independencia, ha desaparecido. Deja a la soberanía hecha jirones.

Friedrich de Martens, el juez ruso que nos desgaja el costado oriental de nuestro territorio en 1899, quitándonos la Guayana Esequiba, sostenía que el abandono territorial por un Estado, la falta de ejercicio de sus poderes jurisdiccionales hacía lícita su ocupación por otros Estados (Traité de droit international, I, 1883). No por azar, tras la extracción de Maduro el pasado 3 de enero, en tierra que ha sido nuestra y permanece bajo control extranjero, sobreviene una paradoja.

Dialogan por los escombros de la república, guiados por Estados Unidos, una ilegítima e inconstitucional Asamblea de facto, la que llaman de 2026, y aquella otra, la Asamblea de 2015, desaparecida en 2022 e inconstitucionalmente resurrecta. En paralelo, sobrevenido el doble terremoto, ilustres venezolanos dirigen sus miradas hacia Washington. Les allegan proclamas y panfletos como para que su benevolencia los atienda. Para que les permita constituir una junta de gobierno transicional sobre una república imaginaria, sin asiento propio.

Unos y otros, por lo visto, omiten las lecciones del primer doble terremoto, el político, ocurrido en Venezuela el del 22 de octubre de 2023 - el de las primarias que sellaron el final de la república de partidos, deambulantes como franquicias desde 1999 - y el del 28 de julio de 2024, cuando el pueblo, corajudo, desamparado, tomó en sus manos las riendas de su propio destino y se dio un presidente electo.

Pasado el doblete sísmico, indiferentes a lo humano, ni siquiera atienden a los signos providenciales. Un rescatista encontró bajo los escombros mientras lloraba al mostrárselo a la prensa, un libro que se habían dedicado con afecto dos amigas fallecidas en ese viejo municipio Vargas. Intitulado El grito ignorado, novela de la periodista Ibéyise Pacheco, describe a personajes que se cebaban sobre la humanidad de un niño indefenso en la distante Guanare, que luego muere ante indolencia de sus maestros y de las autoridades.

La vorágine del terremoto, que es la de todos los venezolanos y que, por lo visto, le es subalterna a los malos hijos, rememora la metáfora de la inhumanidad. Hace presente al Chávez Frías durante el deslave de la cordillera de El Ávila sobre el litoral guaireño al término del pasado siglo. Ocupado de salvar su referéndum constitucional, que le daría todo el poder sobre Venezuela, en aquél fatídico 15 de diciembre fue sordo ante el ruido devastador de las aguas y los desesperados sollozos de los tapiados. Los ignoró, aviesamente. Contabilizaba votos.

Unos y otros, tirios y troyanos, olvidan o no reparan en que la chispa de Dios hace nación. La hace nacer y renacer cada vez que el territorio se mixtura con sus muertos. La tierra, que es inmemorial, se alimenta de la memoria temporal de la sangre inocente para hacerla imperecedera, para darle consistencia al genuino sentido de lo patrio.

EL DUELO ES DE LA NACIÓN

De allí la otra idea que esbocé ante mis colegas de la Academia de Mérida (La conciencia de nación: Reconstrucción de las raíces venezolanas, 2022). Hacía relación con la pulverización de nuestro pueblo preterido - diáspora hacia adentro y diáspora hacia afuera - a manos de esa república hoy en escombros. Los exjefes de Estado miembros del Grupo IDEA alertaron sobre esa fatal deriva, en 2015.

Arreciaba la crisis humanitaria compleja y se iniciaba la saga que frisa en esta hora a unos nueve millones de migrantes desperdigados por el mundo. La hicieron saber a los gobernantes de las Américas durante el encuentro que realizaban Raúl Castro, gobernante cubano y protector de Venezuela, y Barack Obama, presidente norteamericano, en el Istmo de Panamá. Maduro Moros se les hacía incómodo. Les urgía resolver.

Desde ese instante optó la Casa Blanca por negociar con este procónsul cubano, ocupa de facto del Palacio de Miraflores. La tarea se le encomienda al consejero del Departamento de Estado, Thomas Alfred Shannon Jr. Venía de ser embajador en Brasil y de intimar con Lula da Silva y Dilma Rousseff, líderes del Foro de São Paulo.

El 16 de junio siguiente, Shannon Jr. se encuentra en Haití con Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello, los causahabientes, los forjadores de la traición que se consumaría una década más tarde, cuando el mismo Maduro Moros y su esposa Cilia son extraídos por la Administración de Donald Trump y luego recluidos en una cárcel de New Jersey.

Venezuela, en suma, vio migrar al 30% de su población. El daño antropológico golpeó al conjunto de los venezolanos. Se le suma el duelo por los muertos de ahora. Familias separadas, esposos alejados, hermanos, hijos y nietos que sólo se miran a través de los aparatos inteligentes para enterarse de la tragedia que los enluta, como si fuesen sombras, reflejos de caverna, expresiones oníricas en tierras extrañas, como la es también la Venezuela explotada y expoliada por unos extraños.

El territorio de la república fue enajenado por esta y sus élites coludidas, las políticas y las económicas, las propias y las ajenas. Hasta ayer la poseyó Cuba. La hereda Norteamérica; la misma que le arrancó dicha isla a España para transformarla en su protectorado, en 1898. Y la cuestión viene al caso, pues leo la muy lúcida y directa columna de Carlos Casanova Leal, “El primer escombro es el Estado”, a la que adosa su pregunta afirmativa: “Por qué Venezuela no puede reconstruirse”. Dice que “con este aparato estatal, capturado, centralizado, y desprofesionalizado, la reconstrucción corre el riesgo de quedarse en promesa y maqueta”.

Su razonamiento es lapidario, visto desde la óptica de la república en escombros: “El actual Estado tiene una crisis de gobernanza y legitimidad, tiene fracturada las reglas y prácticas constitucionales, con ello una debilidad operativa e institucional; cuerpos de protección civil y bomberos insuficientes, una profunda cultura reactiva más que anticipatoria, desconocimiento e incumplimiento de los protocolos de gestión de riesgos y reconstrucción; sus prioridades de seguridad han estado distorsionadas, la inversión todavía concentrada en el «enemigo interior», aparatos de control sobre toda la actividad ciudadana; con estas prioridades abandonaron [los ocupas del Estado y sus aspirantes] la capacidad para enfrentar lo que no pudieron ni pueden, los desastres, dejando al ciudadano sin respuesta, como lo evidencian los hechos”.

A la persona humana, a la víctima, al mismo pueblo, ya ni siquiera le cuida como minusválido su tutor de siempre, el gobernante de turno. No entra en las ecuaciones del militantismo. A la razón de humanidad se le sobreponen los teatros de utilería. Mientras todavía permanecen víctimas bajo los escombros, eso sí, inundan las propuestas de reconstrucción, para hacer del litoral venezolano, sobre un camposanto que habría de convocar al recogimiento y a la contrición, un moderno polo de atracción para el turismo. Lo mismo se pensó, pasada la avalancha de hace casi tres décadas.

INSURGE LA NACIÓN, DESDE LA GUAIRA

Pues bien, tras el diagnóstico, lo veraz es que las víctimas, sus familiares y vecinos, los integrantes de esa sociedad civil hasta ayer mantenida en su informidad por la república desaparecida y que, en sus más variopintas manifestaciones expresan a la nación venezolana y su legitimidad, emerge ella como fuerza volcánica por sobre los escombros. Parece guiada, dada su desgarradora experiencia y en su orfandad cabal, por la vieja conseja de que “la letra con sangre entra”.

Ha tomado en sus manos el timón del porvenir. Le ha reclamado airada a los soldados de la república que bajen los fusiles y se hagan de picos y de palas, que salgan de la inutilidad; que ayuden, como parte del común a quienes permanecen tapiados y para que muestren algo de empatía con los deudos. El Ejército del Libertador es un fantasma. A nadie le causa miedo, menos tras el 3 de enero.

Ante la cara de quienes la han reprimido, la nación les rompe los dólares que bien necesita y encuentra ocultos en caletas dentro de uno de los edificios que han implosionado. Son la evidencia cruda del Estado criminal, sorprendido por la fatalidad y al desnudo. La dignidad y la vida del venezolano, es la enseñanza que se proclama desde La Guaira, no la comprarán más ni el petróleo, ni las notas bancarias americanas, tampoco las cajas CLAP, menos las neveras que quiso obsequiar a los familiares de las víctimas el junior de Maduro Moros como si fuesen monedas de cambio los hijos de la misma nación, aprisionados por el terremoto, en su repetición.

La maldad inconmensurable vomitada desde el poder y por sus élites sirvientes, que se refocilan para sus actos de vileza, vale recordarlo, se instaló entre nosotros desde antes de las sacudidas de la Naturaleza que nos han hecho presas. Por lo que se hace realidad y viene a la memoria el relato «Los de abajo», de Mariano Azuela. Nos cuenta la historia de Demetrio Macías, un campesino que se une a la revolución mexicana por venganza personal y no por ideales políticos. Narra el ascenso de su tropa y su posterior desilusión, mostrando cómo la lucha degenera en violencia, saqueos y traición, antes de su trágico e inevitable final. La revolución bolivariana es su calco. Mas en este pasaje inicial, durante una acalorada discusión, el cacique local don Mónico ofende y humilla profundamente al protagonista, a Macías, lanzándole dinero como si fuera caridad.

Este acto de soberbia, en el que el rico poderoso y caudillo reduce la dignidad del peón a unas pocas monedas tiradas al suelo, simboliza el desdén absoluto hacia la clase trabajadora durante el Porfiriato en la nación azteca. Es el mismo desdén del «Rodrigato» hacia los venezolanos. Es la errada creencia de que la república puede reconstruirse a través de los grandes virajes, como girando desde el comunismo expoliador hacia una alianza “clientelar” con Washington y sobre las hornillas del poder financiero global, como de buena fe y en vano se intentase en el lejano 1989, en la hora del «quiebre epocal».

Todo esto basta para explicar, más allá de lo material, tal como lo describe con tacto Casanova Leal, el cabal divorcio entre la república en escombros y la gente de a pie, las víctimas del deslave y de los terremotos. Y no se olvide que el Estado, entre nosotros, obra germinal de la traición que sufriesen los padres fundadores de levita, en 1811, se resumía, casualmente y no por casualidad, en el Ejército de Libertades. No es el mismo sino otro que, desde los inicios del siglo XXI hizo yunta con el entramado del mundo narco criminal y el señalado de las finanzas, que desplazaron y aplanaron a la clase capitalista productora, la de la industria y el comercio venezolanos. Fue desgajada.

La verdad palmaria, como recién lo proclamado León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas, es que a esa economía del dinero y sin alma nada le importan la propiedad o las empresas que secularmente articulaban las relaciones de trabajo, extendidas hacia las familias y sensibles a lo humano. El todo se reduce a la gestión masiva de capitales, la forja de bonos y de deudas para esquilmar, los controles accionarios de sociedades de fachada y, eso sí, el contar con influencia política; la necesaria para la impunidad, para el lavado de los dineros que son productos de la corrupción y de la actividad delictiva transnacionalizada.

Fue siempre la milicia, en suma, el astrolabio de nuestra existencia como república. Los soldados, unidos a los pulperos de la política, se bastaban a sí mismos, sin nación. Despreciaron la legitimidad, al poder verdadero e invisible que se cuece en la confianza social. Los terremotos han desnudado a ese fraude y a ese régimen político de la mentira, a la obra revolucionaria de envilecimiento. De allí las ausencias, los silencios. Es el Estado cadáver e insepulto. Su máscara, disuelta la sumisión, sólo concita el desprecio.

Mientras las retroexcavadoras y las topadoras permanecen en las minas de oro, las que se necesitaban en La Guaira, desde los escombros, las víctimas y la verdad, arrugándoles la cara a los depredadores, construyen y de le dan su talante al futuro de Venezuela.

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