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Arturo McFields Luiz Inácio Lula Da Silva

La reelección de Lula no es un triunfo de la democracia, es una tragedia de las instituciones

En 1979, Lula confesó su admiración por Fidel Castro, el ayatolá Jomeini y Hitler. Su obsesión con el poder y su dureza con sus adversarios no es casual; es parte de sus creencias fundamentales.

Lula cumplió su promesa. Hace unos días, en el segundo debate presidencial, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva amenazó a Flavio Bolsonaro con ponerlo tras las rejas después de las elecciones. Casi lo logra.

Horas después de las elecciones, el juez del Tribunal Supremo Federal, Alexandre de Moraes, enemigo acérrimo de la familia Bolsonaro, emitió la orden para que Flavio entregara su pasaporte. No era un simple pedido. Era un peligro real e inminente.

Flavio Bolsonaro no le dio gusto a Lula. En una operación sin precedentes, el excandidato presidencial, su esposa y sus dos hijas huyeron a la Argentina y posteriormente a Estados Unidos. No escaparon de la justicia, sino de la venganza de Lula.

Da Silva controla casi todo el poder judicial en Brasil, al igual que lo hacía en Cuba Fidel Castro (su mentor). Basta recordar que el abogado personal de Lula fue nombrado juez del Tribunal Supremo. Ese mismo juez mandó a impedir el cierre de centros de votación en los pasados comicios durante dos horas.

Lula ha defendido y apañado los fraudes electorales de Nicolás Maduro en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua y los simulacros de elecciones en Cuba. Si puede defender fraudes en esos países, también puede hacer lo mismo en Brasil.

Lula no es un líder democrático. En 1981 fundó el Partido de los Trabajadores (PT) y a sus 81 años no confía en nadie para ceder el poder. Lo hizo una vez con Dilma Rousseff, pero pronto comprendió que fue un error, pues solo él es el iluminado líder de Brasil.

Lula es admirador de Hitler y Fidel Castro. “El Hitler, mismo errado, tenía aquello que yo admiro en un hombre, el fuego de proponerse hacer algo e intentarlo hacer”, dijo Lula a la revista Playboy de Brasil en 1979.

Lula ha sido consecuente en su defensa de las dictaduras de Cuba, Venezuela, Irán y Nicaragua. Durante 50 años ha utilizado los recursos y la reputación de Brasil para alzar su voz en defensa de tiranos, sin importar exilios, cárcel o crímenes de lesa humanidad.

Lula, protector de los carteles del narcotráfico. El presidente de Brasil se ha opuesto a catalogar como grupos terroristas a los cárteles PCC y CV. Las drogas y la violencia no le inmutan, tampoco el hecho de que Estados Unidos los haya declarado organizaciones terroristas.

Brasil no va a repetir la segunda vuelta de sus elecciones, eso está claro, pero el presidente Lula no debería pasar factura a su principal adversario político de forma activa y flagrante. Eso no es justicia, sino venganza.

Después de haber condenado a 27 años de prisión a Jair Bolsonaro, el sistema judicial al servicio de Lula sigue sediento de venganza, cobrando facturas pendientes y cuentas atrasadas. Esta operación fortalece a Lula, pero pulveriza el estado de derecho en Brasil.

La reelección de Lula no es un triunfo de la democracia, es una tragedia de las instituciones. Es una mala noticia para Brasil y Latinoamérica. Para Brasil, porque el país tendrá que pagar por 57 mil millones de dólares en programas populistas; y para América Latina, porque Lula es un defensor de dictadores y autócratas. El germen de una dictadura está en ciernes.


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