La huella invisible de la guerra: el impacto ambiental que permanece después del conflicto
En Ucrania, Gaza y otros escenarios de conflicto, la destrucción de infraestructura, los incendios, la contaminación y las alteraciones de los ecosistemas dejan una huella que no siempre puede verse de inmediato.
“El impacto en general es grande, pero sobre todo es muy desconocido porque hay muy pocas investigaciones al respecto”, explica Nuria Selva Fernández, investigadora científica del CSIC en la Estación Biológica de Doñana, en España.
Selva advierte que las consecuencias pueden extenderse mucho más allá de la zona de combate. Las barreras fronterizas, por ejemplo, pueden alterar durante años el movimiento de especies, mientras que la contaminación o la destrucción de hábitats pueden modificar ecosistemas enteros.
Un ejemplo está en Ucrania. La destrucción de la presa de Kakhovka, en 2023, provocó una enorme inundación y desencadenó impactos sobre suelos, agua, bosques y ecosistemas. Una evaluación del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente advirtió que parte de estas consecuencias podría prolongarse durante décadas.
eia
Pero investigar estos daños en medio de una guerra tampoco es sencillo. El acceso a las zonas afectadas puede ser peligroso, los sistemas de monitoreo pueden quedar destruidos y muchas investigaciones dependen de tecnologías como imágenes satelitales, sensores remotos y cámaras trampa.
En Chernóbil, por ejemplo, investigadores desarrollaron un índice para analizar la intensidad de la actividad militar y relacionarla con cambios en la fauna. El seguimiento permitió documentar, entre otros casos, la muerte de tres caballos de Przewalski, una especie amenazada, por minas antipersonales.
Para Selva, el problema también es jurídico: “Tenemos un vacío legal muy importante”. Y si ya es difícil determinar responsabilidades por daños ambientales en tiempos de paz, hacerlo durante una guerra resulta todavía más complejo.