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Asdrúbal Aguiar Asdrúbal Aguiar

Trump y el manifiesto de los cardenales

Lea aquí la última columna de opinión de Asdrúbal Aguiar, secretario general del Grupo Idea.

En el manifiesto sobre la moralidad o su pretendida ausencia en el manejo de la política exterior norteamericana, los Cardenales de Chicago, Washington D.C. y Newark invocan a favor de su prédica, el pasado 19 de enero, el reciente discurso de Papa León XIV ante el cuerpo diplomático. Sería indicativo, como lo creen, de las vías adecuadas para unas “relaciones justas y pacíficas entre las naciones” ante la escalada de conflictos en curso, citando estos como ejemplos a Venezuela, Ucrania y Groenlandia.

El planteamiento sería válido si la intención y el razonamiento de los purpurados fuese otro, como poner sobre la mesa una “brújula ética duradera”, librada de lo circunstancial, para resolver sobre los desafíos que implica la ya inocultable ruptura del orden internacional establecido desde 1945 y la emergencia de otro, de perspectiva global. Lo ha aceptado, desde Davos, el primer ministro de Canadá: “Hoy hablaré sobre la ruptura del orden mundial, el fin de una historia idílica y el comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción”. Y se refiere no sólo a USA, sino a todos los repartidores supremos de poder en el planeta.

Descontextualizando al Papa los Cardenales fundan la debilidad del multilateralismo en la sustitución, sin más, de la diplomacia del diálogo y el consenso por otra basada en la fuerza; para lo cual reivindican la prohibición a “las naciones [de] usar la fuerza para violar las fronteras de otras”. Afirman que si el fundamento del respeto a los derechos humanos parte de la protección del derecho a la vida, debe subrayarse, por vía de consecuencias, la importancia de la ayuda internacional y conjurarse la amenaza de “eliminar los programas de asistencia humanitaria exterior” norteamericanos.

Creen estos Príncipes de iglesia, sesgadamente, que los fundamentos morales de la política exterior desplegada por la Casa Blanca estarían afectados por “la polarización, el partidismo y los estrechos intereses económicos y sociales”. Paradójicamente esgrimen, a la par del discurso ético o de la razón pura e incurriendo en aporía, la razón práctica utilitaria. Les preocupa restablecer los programas de asistencia humanitaria eliminados por USA.

Lo primero de observar es que el debilitamiento del sistema multilateral – pensemos en Naciones Unidas – no es la consecuencia de una política exterior que esté impulsando, agresivamente, la Casa Blanca. La ONU – cuyo secretario Antonio Guterres ha afirmado que se encuentra “en el abismo” – aceptó descarnadamente, desde 2021, su crisis terminal: “Esto es una acusación moral del estado de nuestro mundo. Es una obscenidad. Hemos aprobado el examen en Ciencias, pero no el de Ética”, alegaba Guterres, durante la administración de Joe Biden.

La organización universal se apertrechó – gobernando Barack Obama – con un GPS para supuestamente renovarse desde 2015, adoptando el Programa 2030 sobre Desarrollo Sostenible, promotor de la inflación en los derechos humanos y pulverizador de la cultura occidental para favorecer las identidades al detal; lo que es más grave, obviando toda referencia sustantiva a la democracia como garantía de la paz y al Estado de Derecho como tutor de los derechos.

El caso es que, de tal modo, así como el liberalismo victoriano de finales del siglo XIX (libertades de la persona + libre comercio) influiría en el Derecho internacional moderno previo a la Primera Guerra Mundial, su abandono, para fortalecer en su defecto a los Estados nación y sus soberanías – lo que igualmente propuso a finales del siglo XX el Informe Caputo de la ONU, arguyendo el desencanto democrático –, propulsó al término dicha conflagración. Superada, se vino a reclamar, como solución, el equilibrio de fuerzas entre todos, como ahora se lo reclaman, y todo terminó con el Holocausto.

A partir de 1945 se entendió que, más allá de las soberanías, la única que habría de frenarlas, sobreponiéndosele, era la soberanía de la persona humana y su libertad, asegurada su tutela por las grandes potencias. Se trataba, ciertamente, de un complejo equilibrio entre el cosmopolitismo humanista – afincado sobre las ideas kantianas de la paz perpetua – y el imperium garantista de Estados Unidos y de Rusia. Se ha roto, definitivamente.

Lo cierto es que, a partir de 1989, con el desmontaje del Telón de Acero y el advenimiento de la globalización digital y de la inteligencia artificial – con Estados franquicias incapaces por sí solos de resolver sobre los desafíos de la globalización (economías abiertas y sin compuertas, terrorismo deslocalizado, transnacionalización del crimen y el narcotráfico, destrucción de los sólidos culturales, pulverización de las identidades, migraciones aceleradas y envolventes), lo que sobrevino por defecto fue el desorden global. Rige el sueño de la razón.

Atrás quedó lo que habría de salvarse siempre, por mandato de 1945, por sobre la frágil y vetusta autodeterminación que tanto le preocupa a los Cardenales americanos, a saber, el principio de orden público internacional que obliga salvaguardar la dignidad de la persona humana. “Ninguno puede tremolar la soberanía para ocultar las violaciones graves de derechos humanos”, predicaba ante la OEA el Canciller de Venezuela, José Alberto Zambrano Velasco, en 1979.

Es este contexto, que ya frisa tres décadas, el que motiva la denuncia por Benedicto XVI de la dictadura del relativismo. “Hay un odio de Occidente a sí mismo, que es extraño y que solo puede considerarse como algo patológico; Occidente intenta, de manera loable, abrirse lleno de comprensión a valores externos, pero ya no se ama a sí mismo; de su propia historia ya sólo ve lo que es execrable y destructivo”.

Advierte más tarde que, bajo tal pulverización de lo cultural “la cuestión de la verdad completa, que es en el fondo la cuestión de Dios, ya no interesa”. Muerto Dios, diría Nietzsche, todo vale, como lo estamos experimentando y buscamos ocultar con desbordante cinismo.

No es que haya polaridades que den lugar a la violencia que presencia el mundo y serían la obra de un Donald Trump, tal como lo sugieren los Cardenales. Si de polaridades se trata, estamos ante el polo de la deconstrucción y el relativismo que, desde 1990 y 1991, ha sembrado los vientos de las actuales tempestades, frente el polo de la renovación de un orden fundado en la decencia humana, que debería regir y que lo hemos derogado para quedarnos en el actual vacío y liquidez. Y respecto del señor Trump cabe decir que él sólo es otro General Patton, “imprudente y explosivo”, que al golpear duro sobre la mesa despierta de su onírico sueño a un Occidente que hace aguas como el Titanic.

De lo que se trata es de “la violencia criminal, responsable cada año de la mayor parte de las víctimas por muerte violenta en el mundo. Este fenómeno es hoy tan peligroso que constituye un grave factor desestabilizador y, a veces, somete a una dura prueba la misma supremacía del Estado,” sostuvo en 2012 Papa Ratzinger, en su alocución ante la Interpol. Y en cuanto a lo otro, a la protección de la vida, que los Cardenales conjugan en términos parciales y profanos, apuntando a los programas de asistencia humanitaria, cabe reparar, mejor aún, en la grave omisión de la comunidad internacional, abúlica tras las cuestiones de Ucrania o las acciones terroristas desde Gaza hacia Israel, sin que dejen de puntualizarse las reacciones desproporcionadas de este. Hizo caso omiso de su «responsabilidad de proteger», de dejar en segundo lugar a las soberanías e independencias de esos Estados transformados en bastiones o nichos de impunidad, secuestrados por el narcoterrorismo, como Venezuela. Por lo que vale otra vez la palabra de Ratzinger.

“Todo Estado tiene el deber primario de proteger a la propia población de violaciones graves y continuas de los derechos humanos, como también de las consecuencias de las crisis humanitarias, ya sean provocadas por la naturaleza o por el hombre. Si los Estados no son capaces de garantizar esta protección, la comunidad internacional ha de intervenir … La acción de la comunidad internacional y de sus instituciones, dando por sentado el respeto de los principios que están a la base del orden internacional, no tiene por qué ser interpretada nunca como una imposición injustificada y una limitación de soberanía,” explica ante Naciones Unidas en 2008.

Volvamos al discurso cardenalicio

Citar a León XIV es pertinente. Pero citarlo, extractando párrafos a conveniencia para anclar o validar posturas sustantivamente ideologizadas es inaceptable. Lo condena el propio Papa ante los periodistas, desde el momento en que asume la Cátedra de Pedro, en 2025. “Hoy, uno de los desafíos más importantes es el de promover una comunicación capaz de hacernos salir de la “torre de Babel” en la que a veces nos encontramos, de la confusión de lenguajes sin amor, frecuentemente ideológicos y facciosos”. Seguidamente, al inaugurar sus encuentros con el Cuerpo Diplomático, en el mismo año de 2025, recuerda que, para que haya una verdadera revitalización de la diplomacia multilateral y para que pueda ponérsele remedio a los conflictos – lo que aquella no hace – existen tres palabras que forman una tríada. Sus Eminencias sólo mencionan una. Omiten a la Justicia y a la Verdad, que las relaciona el Santo Padre con la Paz.

En cuanto a la paz, dice León XIV, ha de comenzarse por uno mismo, deslastrándose del “orgullo y las reivindicaciones”, y midiendo el lenguaje, “porque también se puede herir y matar con las palabras, no sólo con las armas”. En cuanto a la justicia, la ve como camino para la paz, precisando de necesario ponerle fin “a sociedades cada vez más fragmentadas”. Destaca que cada gobierno debe construir “sociedades civiles armónicas” partiendo de la familia – que es la más antigua – y favoreciendo “contextos en los que se tutele la dignidad de cada persona”. Subraya, paradójicamente, el caso del emigrado y del inmigrante. Por lo que se refiere, como tercera palabra, a la verdad, con lo que vuelve al principio y a lo dicho: “No se pueden construir relaciones verdaderamente pacíficas, incluso dentro de la comunidad internacional, sin verdad. Allí donde las palabras asumen connotaciones ambiguas y ambivalentes, y el mundo virtual, con su percepción distorsionada de la realidad, prevalece sin control, es difícil construir relaciones auténticas, porque decaen las premisas objetivas y reales de la comunicación”, dice del Obispo de Roma.

El discurso papal al que aluden los Cardenales Cupich, McElroy y Tobin, previene sobre lo antes señalado. Conmina a las Naciones Unidas para que “se centren más y sean más eficientes en la búsqueda, no de ideologías, sino de políticas destinadas a la unidad de la familia humana.” El propósito del multilateralismo es, según León XIV “proporcionar un lugar donde las personas puedan reunirse y dialogar, siguiendo el modelo del antiguo Foro Romano o la plaza medieval”. Mas, al mismo tiempo, según ajusta, “es necesario que haya acuerdo sobre las palabras y los conceptos que se utilizan”. “Las palabras deben volver a expresar ciertas realidades de forma inequívoca”, prosigue. “Sólo así podrá reanudarse el diálogo auténtico sin malentendidos... Esto es realmente necesario para prevenir conflictos y garantizar que nadie se vea tentado a imponerse a los demás mediante la mentalidad de la fuerza, ya sea verbal, física o militar”, concluye. Lo obviaron los autores del Manifiesto que no ocupa.

Denunciando el relativismo y la deconstrucción política y cultural en boga que, explicando lo actual, impulsa el progresismo globalista con sus narrativas digitales – pensemos en la indiferencia o la confusión intelectual de la comunidad internacional al momento de analizar el fenómeno del secuestro de los Estados por el crimen organizado transnacional – León XIV pone su dedo en la llaga: “En el centro de muchas de las situaciones que he mencionado, podemos ver algo que el propio Agustín señaló, a saber, la idea persistente de que la paz sólo es posible mediante el uso de la fuerza y la disuasión.” “A pesar de la trágica situación que tenemos ante nuestros ojos, la paz sigue siendo un bien difícil, pero posible. Como nos recuerda Agustín, «nuestros supremos bienes consisten en la paz»”.


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