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Asdrúbal Aguiar Asdrúbal Aguiar

¿Cómo y porqué se acabó en Venezuela la República?

Lea aquí la última columna de opinión de Asdrúbal Aguiar, secretario general del Grupo Idea.

Habrán transcurrido 30 años hasta 2029, apenas faltará un lustro y todavía resta sin una respuesta seria, objetiva, serena, desprejuiciada, ajena a la generosidad de los odios de trincheras prorrogados y que ardieran desde el término de la república civil de partidos, que explique de manera satisfactoria el cómo una de las más afirmadas democracias del hemisferio – la venezolana – pudo derivar no en una dictadura o dictablanda sino en la destrucción cabal de la república y la pulverización de su inacabada nación.

La historia recorrida y su crónica, que es lo único que tenemos a mano los venezolanos, no servirá como pretendida ejemplaridad hacia el porvenir, menos la opinión panfletaria, obra de los enconos; pues esa sólo satisface animosidades de coyuntura entre quienes habiendo elegido democráticamente el camino del desierto en 1998, incluso corrigiendo sus yerros y habiéndose transformado en víctimas, apuestan a una tierra prometida que aún no llega y les devuelva hasta 1989.

Todos, tirios y troyanos sostenemos, sí, la fe y voluntad de los carboneros en pie. Pero no pocos ceden a la fácil tentación de buscar, primero, a los culpables, a los de ayer y a los de hoy, para luego decidir sobre la nación parcelada que marcaría el próximo derrotero del país y el diseño de la república que sería la sucesora.

Las simplificaciones, cabe reiterarlo, son fútiles e inútiles; como aquella que le endilgaran los partidos del siglo XX – incluido su propio partido oficial que lo defenestra – al presidente Carlos Andrés Pérez una vez como se casa, sin miramientos, con el Consenso de Washington. Quiso provocar un parto económico y social mediante un “fórceps”, tras haber raspado la olla su predecesor, Jaime Lusinchi. Resolver sobre la cuestión democrática y la de la libertad quedaron en segundo plano.

Tampoco ayuda la otra verdad palmaria y aquí sí agonal, que fuese su misma revelación auténtica, constante en sus “memorias proscritas”: “Cuando se iniciaron las investigaciones sobre los implicados en el golpe [del 4 de febrero de 1992], cada uno de los jefes de las distintas fuerzas tenía un criterio distinto sobre las sanciones”, afirma Pérez. Mostraba, así, el rompecabezas en que se había transformado una institución que se creyó la dueña de la república tras la guerra por la Independencia, y después de superada la Guerra Federal hasta 1959.

La pregunta que sí resultaba pertinente, y nadie se la hace, ni siquiera ahora, es qué y cómo se hace, trascurridas casi dos centurias desde cuando se instala la Fuerza Armada como piedra basal de la república – más allá de la literatura constitucional, civil y democrática – al revelársenos fracturada, subalterna, incapaz de tumbar o de reponer a un gobierno. Y este es el dato cierto y crucial. El que cabe evaluar con seriedad; que ya muestra sus síntomas desde 1983, que golpea al rostro del país en 1992, que se revela como caja de gatos en 2002, y que el 3 de enero de 2026 confirma a todas luces la inanidad de lo militar para la defensa y seguridad de Venezuela.

CAP lo sabía, le preocupaba y no solo lo intuyó, al punto que declara, textualmente, que “en lugar de abrirles juicio a los oficiales implicados en la intentona golpista [frisaban 650 entre oficiales y suboficiales del 4F], optamos por cernir, depurar, ir a los verdaderos responsables, que no significaba dejar sin aclarar las cosas”.

No abrir los juicios – hoy lo revelo, tal como me lo confesara personalmente el presidente Pérez – tampoco arrojaba luz sobre las causas profundas del proceso de disolución de la república en avance, dada la misma fractura de su columna vertebral e histórica. Como afectado directo no contuvo su indignación: ¡A Uslar Pietri me provoca llevarlo a juicio militar!, me dice. Pero no lo hizo, más allá de sus expresiones coloquiales posteriores, para hacer arder el debate político. Como hombre de Estado que lo fue, creyó bastarle, en buena lid, alcanzar la concordia entre los soldados insurrectos y los institucionales; pero de lo que se trataba era del agotamiento de la república. Esa cuestión sólo la tuvieron presente, sin eco, los ilustres civiles que hicieron parte de la Comisión de Reforma del Estado. Sus estudios quedaron para los anaqueles, como quedó la reforma constitucional. No encontraron eco en los partidos.

La pregunta que hemos de respondernos los venezolanos, de conjunto: ¿Cómo y porqué una nación y una república tan pretenciosamente moderna y democrática – república de universitarios como la de 1811, pero militarmente hipotecada a lo militar, por imperio de la inercia histórica – pudo desaparecer? Es como si nos las hubiésemos bebido los venezolanos en un instante de delirio, como quien se engulle una botella de licor que luego no sabe cómo reponer.

Distinta fue la circunstancia de José María Vargas, preocupado por la cuestión de la impunidad con relación a los militares alzados en una república por hacerse; sin nación que existiese o que fuese tomada en cuenta, mientras que el general José Antonio Páez, que salva a Vargas tras la Revolución de las Reformas que lo tumba y le repone en el ejercicio del poder, opta por perdonar a los conjurados. Se hacían llamar a sí bolivarianos. Eran partes del Ejército Libertador. Quedaron fuera de la organización de la Primera República de Venezuela. Fue el primer tramo de nuestro recorrido republicano que se sostuvo, mediante equilibrios críticos forjados por el propio Páez, pero que al final decantan en la Guerra Federal, donde muere allí el 30% de nuestra población. Es la cifra equivalente a nuestra diáspora contemporánea.

Lo circunstancial histórico nuestro lo aclara el presidente Rafael Caldera en su primer mensaje al Congreso de 1995; en línea exacta con la política de perdones decidida por CAP en su primer decreto de sobreseimientos de los mayores y capitanes tras el golpe del 4F, que lo firma el 2 de abril siguiente (Gaceta Oficial No. 34.936). Esa política la sostiene el presidente Ramón J. Velásquez y la acompaña el país político. Todos los partidos y los candidatos presidenciales (Fermín, Álvarez Paz, Andrés Velásquez) proclaman la amnistía. Y eso se olvidada, de mala fe, por quienes reescriben la historia patria para ocultar sus personales historias: “Con pleno respaldo del Alto Mando que designé, me propuse remediar los traumas causados por los intentos de sublevación del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992”, asevera Caldera.

Luego discierne sobre el trato diferenciado que aplicaría y estimaba de crucial para contener la crisis agonal o terminal en el seno de la república y de su Fuerza Armada; evitando con ello otro golpe posible, como se lo previene el mismo presidente Velásquez: “Muchos se reincorporaron a la actividad [bajo el gobierno de CAP y en el de este] mediante una etapa de transición, indispensable para restablecer los vínculos de compañerismo que se habían quebrantado a causa de lo ocurrido”. El propósito de los tres presidentes era, efectivamente, volver a cementar la columna fracturada de lo militar, para que la república no hiciese aguas.

A los otros, a los jefes, “no se consideró conveniente que lo hicieran – se les dio de baja e impidió volver a endosar el uniforme y reencontrarse con los suyos – por haber tomado una declarada actividad política, incompatible con el apartidismo de las Fuerzas Armadas”, agregó el último gobernante del siglo XX.

La saña cainita que absuelve o condena a Pérez o que condena, sin más, a Caldera, actores fundamentales del siglo anterior, es sólo saña y miopía, alimentada, sí, por quienes le dieron soporte mediático y financiero al candidato militar Chávez en 1998, acompañados por la embajada norteamericana. De poco sirve ello, en suma, para el rehacer a la nación y forjar a una república libertaria, sujeta a los desafíos del siglo XXI. No hay vuelta atrás.

Hacia una nación de ciudadanos

Lo de destacar, aquí sí, pues es lo que sí nos ofrece un astrolabio, tomado del pasado remoto, distante del contaminado con la bilis de los actores del presente, es que el Estado venezolano emerge en 1830 sin precederle la nación como su contenido.

Simón Bolívar denuesta y desconoce a la nación en 1812. En sus guerras por la independencia – que no por la libertad – también desaparece el 30% de la población, como ahora. El anhelo o la apuesta de tal Estado y sus gobiernos sucesivos para subsistir fue la inmigración, en sus inicios la canaria. Mas el dato relevante es que, dominando al ser del venezolano un no-ser todavía o cultor del presente, como nación logra amalgamarse paulatinamente – en un esfuerzo de sincretismo con los migrantes europeos durante la primera mitad del siglo XX. Pero esa nación en cierne existe, sí, originariamente, sólo a partir de los cuarteles. Es lo que nos dejó una huella controversial, a la hora de resolver sobre las cuestiones de la paz y la estabilidad de la república hasta la actualidad. Medra afuera otra inmigración y a la espera, hecha de venezolanos.

Durante la segunda mitad del siglo pasado adquiere texturas la nación, sin ser acabada, evolucionando hacia su modernización plena, pero tamizada por el odre de los partidos de la llamada república civil que concluye en 1998; detrás de la cual se mantiene oculto el dominio y miedo a los militares. Daba muestras de agotamiento esa república, insisto y he aquí el elemento de juicio que era indispensable haberlo tenido a mano a partir de 1989, casualmente en coincidencia con el final del comunismo y el declive de Occidente. Los sistemas de partido desaparecen y declinan, se hacen líquidos en muchos países, no sólo en Venezuela. Chávez no es el autor del final de los partidos en Venezuela, y sólo se ocupa de enterrar a la institución histórica de la que hizo parte.

No podemos obviar lo propio, entonces. Me refiero, como primer hito, al voto mayoritario depositado por los venezolanos en 1998, sin reparar efectivamente en la naturaleza militar del escogido. Entonces, incluso modernizados, los venezolanos optamos por seguir ocupando las butacas del teatro de la república y de la democracia. Esperábamos, como en el siglo XIX, que se subiesen a la escena actores que siempre aciertan o yerran y ante quienes nos limitamos sea tirándoles tomates, o aplaudiéndoles sin discernimiento cuando nos regatean el botín. Juan Vicente Gómez, así, escogió por nosotros al actor del momento, a Eleazar López Contreras, bajo su dictadura. Y en la democracia, aún en la actualidad, seguimos creyendo que el caudillo de turno es el culpable de haber mal escogido al nuevo actor de reparto y de haberlo puesto bajo nuestra mirada, para elegirlo. Chávez escogió a Maduro. Ni Pérez ni Caldera escogieron a Chávez.

¿Es esa, entonces, la nación que aún no somos y a la que aspiramos, pues no-ser nos resulta más útil? ¿Puede sobrevivir de tal modo la democracia como experiencia de vida o estado del espíritu, en cada ciudadano que sólo sabe medrar, pendiente del padre bueno y fuerte, si posible militar o del traficante de ilusiones, del hombre a caballo que estimule nuestros sentidos, enajene nuestra razón, y nos alimente de mitos?

Restablecer las raíces de la nación y sobre aquéllas, desde ésta, arreglar el pasado, tanto como avanzar hacia la forja de un sistema político que la exprese modo fidedigno, que restablezca el equilibrio de poderes que sirva como organicidad capaz de asegurar a la democracia desde la localidad – desde el fogón casero y como experiencia cotidiana – para que todos ejerzamos con libertad de todos nuestros derechos connaturales, es el gran desafío. Es la respuesta a la pregunta que siempre obviamos, como si el tiempo no hubiese transcurrido desde 1989 y como si el cesarismo no fuese el cáncer de nuestros males.

Ha de ceder, a todo evento y como premisa, antes de resolver, la saña cainita que aún alimentan los cadáveres insepultos de la república agotada, incluso hasta para querer reducir a quien hoy se muestra, con absoluta legitimidad, como el alma de la nación que habrá de resucitar, María Corina Machado.

 

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