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Asdrúbal Aguiar Inteligencia Artificial

Magnifica Humanitas, 5

Lea aquí la última columna de opinión de Asdrúbal Aguiar, secretario general del Grupo Idea.

Por: Asdrúbal Aguiar

Ante las promesas de la Inteligencia Artificial (IA), la encíclica que releemos parte de la cuestión del dominio contemporáneo de la técnica y su incidencia sobre “nuestro modo de vivir este tiempo”, “el modo concreto de vivir las relaciones sociales”, por lo que la cuestión, como lo advierte León XIV, no plantea una decisión de futuro, interpela a nuestro presente y a la vida cotidiana; entre otras por dos cuestiones fundamentales: Una, saber cómo pueden leerse los signos de estos tiempos iluminados por la Palabra, por la doctrina social de la Iglesia, admitiéndose que deben arbitrarse “nuevos caminos” y que el Evangelio que nos ilumina no establece modos concretos de vivir, sólo los ilumina para poder discernir, cada uno y todos, sobre el bien y acerca del mal.

Al hablar sobre la responsabilidad de las universidades en 1966, constante en su Ideario: La democracia cristiana en América Latina (1970), a distancia de lo actual Rafael Caldera señala que “los hombres se preguntan qué hay en el fondo de una máquina electrónica que resuelve problemas, hacia dónde los resuelve, hacia dónde va esa prodigiosa maquinaria; y no pueden librarse de la tortura de pensar que la misma ciencia, la misma técnica puede ser empleada para finalidades diametralmente opuestas”.

De allí la advertencia pertinente de la encíclica, dado el afianzamiento del paradigma tecnocrático - IA, ciencias cognitivas, nanotecnología, robótica, biotecnología - en avance y en un mundo hoy globalizado y sobre “la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas”. Con lo que la técnica, como medio o instrumento, “se vuelve criterio” y suyo establece “qué cuenta y qué puede descartarse, incluso hasta la preservación de la Casa Común. La responsabilidad de construir una sociedad más humana, como lo dice el Pontífice, cedería por falta de una clara visión antropológica. El progreso social y moral debe acompañar a las proezas de la técnica, apunta San Pablo VI, de donde al aumentar los medios sin que crezca en igual medida la humanidad, se tiene más “pero no se es más”, enseña la Encíclica.

La cuestión se vuelve agonal, justamente, por cuanto el control de las plataformas digitales y de datos no lo ejercen ni el Estado ni la plaza pública, y por lo pronto es opaco, debiendo verificarse “la consistencia de los algoritmos” con los elementos que permitan salvar el primado de la persona humana en acuerdo con los principios ya esbozados de la doctrina social de la Iglesia: bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad, justicia social, reflejos que son de la dignidad de la persona humana y concreciones políticas del conjunto de sus derechos fundamentales, los inherentes, los que se desprender de ser lo que es el hombre como criatura racional.

El asunto, dada su relevancia, no se puede despachar sin más, tal como lo consideramos en nuestro libro El viaje moderno llega su final (2021). La gobernanza digital que unifica las narrativas segmenta a los usuarios, y les cosifica con sus algoritmos, por una parte, y por la otra, la preeminencia reclamada de la Naturaleza para su conservación y por sobre el hombre, ajustándolo con sus pies sobre ella y a sus leyes matemáticas de la evolución, dejan atrás y devalúan el imperativo de la razón humana natural y de la razón práctica. Se presentan como malas palabras, hasta ahora articuladas como proceso para servir a la verdad, la educación, la experticia, la experiencia, la evidencia, según le escucho decir a Martin Baron, del Washington Post, al recibir el Gran Premio Chapultepec (SIP, 2021).

La oposición entre la Naturaleza y la técnica es de origen aristotélico. El movimiento de aquella y su reposo le sería propio, en tanto que el de esta depende del arte, de la acción del artesano. Y si bien, en el Medioevo, sosteniéndose dicha separación se precisa que la Naturaleza creada, como Natura Naturata, también cuenta con su propio artesano, con un principio activo o Natura naturans, el de Dios, que la ha crea-do y le fija su movimiento, al término, según la exégesis de S. Mas Torres, tal distinción ha perdido su rango ontológico: Si “la Naturaleza es producto de la técnica [divina] y, en esta medida, es susceptible de ser dominada en tanto que se posea la técnica adecuada para la fabricación de los objetos naturales”, la contradicción entre una y otra queda resuelta con “la tecnificación de la Naturaleza”. En esto coinciden los llamados románticos por los estudiosos de Frankfurt, quienes predican la reconciliación entre el hombre y la Naturaleza, y también el marxismo.

Benedicto XVI, Papa Ratizinger observa, al respecto que, “el gran Galileo dijo que Dios escribió el libro de la Naturaleza con la forma del lenguaje matemático. Estaba convencido de que Dios nos ha dado dos Libros: el de la Sagrada Escritura y el de la Naturaleza…”. Ahora bien, “hay una racionalidad subjetiva y una racionalidad objetiva en la materia, que coinciden… esta unidad de inteligencia, detrás de las dos inteligencias, es realmente manifiesta en nuestro mundo”, dice. Y agrega que, “cuanto más podamos servirnos del mundo con nuestra inteligencia, tanto más manifiesto será el plan de la Creación…”.

Pero hay sólo dos opciones, señala quien fuese Papa emérito, a saber, o se reconoce la prioridad de la razón, de la Razón Creadora que está en el origen de todo – de la Naturaleza, del hombre y de su técnica – y es el principio de todo – “la prioridad de la razón también es prioridad de libertad”, ajusta– o se sostiene la prioridad de lo irracional; por lo cual todo lo que funciona en nuestra Tierra y en nuestra vida sería sólo ocasional, marginal, un producto irracional; la razón sería un producto de la irracionalidad”. Bajo tal perspectiva, de ser así, ni para la Naturaleza ni para Inteligencia Artificial sería esencial y esencia, como se ve, el hombre y su libertad.

De allí, entonces, la admonición de Magnifica Humanitas, que sólo recuerda los “elementos esenciales para un discernimiento” que proteja el primado de la persona, “con el fin de que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites”.

La caja negra de la IA

Una primera consideración que hace León XIV es que se sabe poco sobre el funcionamiento de la IA, que está más cultivada que construida, de donde la actividad científica del humano llega hasta el plano de la arquitectura: “las representaciones internas y los procesos computacionales” son desconocidos. “Imitan ciertas funciones de la inteligencia humana” y su velocidad y amplitud es útil. Pero no es la obra de “una experiencia” y carecen de conciencia moral: “no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual”, donde el ser humano adquiere sabiduría. Se muestran capaces de aprender los andamiajes de la IA “a partir de datos y retroalimentándose”. No se dejan modelar por la vida ni crecer en el tiempo por medio de decisiones. Se retroalimentan sin “crecimiento interior”. De allí los aspectos sobre los que pide poner atención la Encíclica, para discernir sobre su uso y sostener a la IA como medio.

Primero, da la impresión de objetividad y simula la comunicación humana. Segundo, refleja los parámetros culturales de quienes la han proyectado y la adiestran, y la alimentan con sus algoritmos. Tercero, no construye relaciones, pero da la falsa impresión de hacerlo, sobre todo en “contexto pobre de relaciones y de afectos reales en el que se pierde “el deseo mismo de buscar realmente al otro”. La otredad, como dimensión de lo humano desaparece.

Al cabo, por lo demás, la IA, está presente en procesos de decisión y en todos los ámbitos del mundo. Al aumentar su complejidad “sobre todo en los grandes modelos lingüísticos”, toda su infraestructura - que es material y requiere insumos como la energía o las “tierras raras” - requerirá de un juicio de sostenibilidad que considere a la cadena humana que se usa para ello y el cuidado de la Casa Común. Pero desde su inmaterialidad como IA incide, sin que conozca - lo dice Magnifica Humanitas - de la compasión, la misericordia, el perdón, “la esperanza de cambio en el individuo”, accede e incide sobre el trabajo, la posibilidad de acceso a créditos y servicios, a los datos privados de los individuos, reforzando “estereotipos o posiciones ideológicas de quienes los han diseñado y programado” como sistemas automatizados presentándolos como neutrales.

No es moralmente neutra la IA, según el Pontífice, pues si la IA trata a unas personas como menos dignas o las excluye sin apelación, la cuestión trasvasa a su uso correcto pues se afinca sobre una premisa que contradice la dignidad humana. Y ello no se resuelve alineándola - reza la Encíclica - con “valores humanos” sin que pueda discutirse previamente el código ético que deba ser usado. Pues, en ese, caso, “quien controla” a ese sistema le estará imprimiendo su propia visión moral a la infraestructura invisible del mismo. Dos cuestiones, así, cabe resolver y las deja como líneas el documento papal, una, la de las responsabilidades tanto de quienes diseñan y programan los sistemas como los que los utilizan y resuelven confiarles sus decisiones, a saber, la cuestión de la accountability y la de las decisiones que puedan controlarse como del remedio de los daños. La otra es la del desequilibrio entre la velocidad del desarrollo tecnológico - agregaríamos la de la inmediatez de sus efectos - y el tiempo distinto con el “que maduran la conciencia, las normas, los controles y las instituciones capaces de gobernar” sobre los asuntos mencionados.

En síntesis, el predicado sería, a la luz de Magnifica Humanitas, que de nada serviría una IA más moral si la moral la deciden unos pocos y la importancia de una política capaz de “ralentizar donde todo acelera” a fin de proteger “los espacios en los que las comunidades pueden seguir participando e interrogándose”. Pero se trata, como lo vemos, no de una exigencia de la Encíclica, sino de una interpelación, de un llamado a resolver con urgencia y para resolver sobre un drama muy complejo que puede volverse tragedia y reclama de un punto de equilibrio, tal como lo hicimos constar en ensayo nuestro (“El inevitable impacto de la Inteligencia Artificial: ¿Se agota la aproximación entre la razón y la fe?”, 2025).

Las grandes revoluciones industriales en curso, la digital y la de la inteligencia artificial, en efecto se inscriben sobre unos rieles que rompen la matriz milenaria que es propia de la historia de los pueblos y nuestras civilizaciones. Ello da lugar a lo que Papa Benedicto XIV bien calificaba de «quiebre epocal». Dicho coloquialmente, el mundo de lo digital disuelve los espacios para instalar su virtualidad e imaginarios deslocalizados en los internautas o «ciudadanos de redes»; a la vez que abroga el valor y el sentido del tiempo, dándole paso a la cultura de la instantaneidad, de lo fugaz. Siendo así, no habría pasado, no habría futuro, y en el presente todo cambia y es líquido, diría Zygmunt Bauman.

La realidad humana, la del hombre como especie racional pensante, por el contrario, es la de ser y el existir en el espacio y en el tiempo, arraigado en su patria de campanario, distinta de la patria de bandera; tanto como su experiencia con el tiempo lo determina a vivir procesos para su perfectibilidad, para ser, para ser estando, y estando, para ser siendo.

Visto que la antropología del globalismo – la del pensamiento único y el ecosistema de lo virtual e instantáneo – no resulta propiamente humana, es necesario levantar como base de la cultura de los tiempos nuevos y ante las nuevas cosas, la perenne bandera del humanismo. “Urge recuperar la propia dimensión de lo humano, el sentido trascendente de la existencia”, recomienda el autor de El sueño de la razón (2024), José Rodríguez Iturbe. Corresponderá al Humanismo volver a fijar intelectualmente la primacía de la inviolabilidad de la dignidad humana en los espacios y a lo largo del tiempo recreándolos, tanto como por sobre el tiempo y los mismos espacios para que unos y otros no pierdan sus sentidos y teleologías; que no son otros que servir a la verdad y conjurar los regímenes de la mentira, devolviéndole sus precisos significados a los significantes del lenguaje.

El pedido de León XIV, entonces, es más que razonable. “Pedir prudencia, controles rigurosos, también una ralentización en la adopción de la IA no significa estar en contra del progreso, sino ejercitar un cuidado responsable de la familia humana”, sostiene, luego de aclarar que él se limita a “recordar algunos elementos esenciales para un discernimiento moral y social que proteja el primado de la persona”. Es disponer la conciencia y su libertad al frente, para que “guie las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites”, reza Magnifica Humanitas.


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