De América Latina a Yokohama: las raíces de la migración japonesa al continente americano
Por: Jefferson Beltrán Neira
Como periodista con un profundo interés en temas relacionados con la migración, siempre he sentido una especial curiosidad por las historias humanas que conectan continentes. En América Latina, millones han dejado sus hogares en busca de mejores oportunidades, creando comunidades multiculturales que enriquecen tanto sus países de adopción como sus lugares de origen. Fue con esa perspectiva que tras recorrer Japón, llegué a una de sus principales ciudades Yokohama, para visitar el Museo de la Migración Japonesa al Exterior, ubicado en el segundo piso de JICA.

El museo, inaugurado en 2002 y renovado en 2022, no es solo una colección de objetos antiguos; es un puente entre el pasado y el presente. Al entrar, paneles luminosos narran más de 150 años de migración japonesa, desde la apertura del país tras el fin de la política de aislamiento en 1866 hasta las múltiples rutas que llevaron a miles de japoneses a tierras lejanas.

Al llegar, una de las exhibiciones que me recibió fue la impactante réplica a escala real de la carroza de verduras creada por los "Oregon Japanese Farmers" (Agricultores Japoneses de Oregón), que participó en el Rose Festival de Portland, Oregón, Estados Unidos. La carroza original, adornada con frutas y verduras, desfiló en el Grand Floral Parade en 1921 y obtuvo un premio, simbolizando el arduo trabajo y la integración de los inmigrantes japoneses en la agricultura estadounidense.

La historia comienza con los primeros migrantes que se dirigieron al Reino de Hawái para trabajar en plantaciones de caña de azúcar. Más tarde, oleadas de japoneses emigraron a Estados Unidos, Canadá, Perú (desde 1899) y, sobre todo, a Brasil (a partir de 1908). Cuando Estados Unidos prohibió la inmigración japonesa en 1924, gran parte del flujo migratorio se redirigió hacia Sudamérica. En total migraron 760 mil japoneses antes y en la postguerra.
Los nikkei en el continente americano
En el Museo de la Migración Japonesa al exterior está presente la importancia que ha tenido América Latina como receptor de japoneses emigrados, a ellos y a sus descendientes que residen permanentemente fuera de Japón se les conoce como los Nikkei (Nikkeijin). Según estimaciones recientes del Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón, hay aproximadamente cinco millones de nikkei en todo el mundo, con una concentración particularmente alta en América del Norte, Central y del Sur. Brasil alberga la comunidad nikkei más grande del planeta, con alrededor de 2 a 2.7 millones de descendientes de japoneses, consolidándose como la principal diáspora japonesa fuera del país de origen. En Estados Unidos, la población nikkei se estima en cerca de 1.5 millones. En Perú, oscila entre 100.000 y 200.000 personas de origen japonés, mientras que en Canadá ronda los 120.000. En otros países de América Latina, las comunidades son más reducidas; por ejemplo, en Colombia donde este año la embajada de Japón conmemoró los 110 años de la inmigración japonesa al país, se identifican oficialmente alrededor de 1.800 a 3.000 personas nikkei.

Una historia de resiliencia y contribución
Mientras recorría las salas, me emocioné al tocar réplicas de viejas maletas, ver fotografías en blanco y negro de familias en cubiertas de barco. Herramientas agrícolas e instrumentos musicales tradicionales, cuentan en este bello museo cómo los nikkei no solo trabajaron arduamente, sino que también integraron sus tradiciones culturales en nuevas realidades sociales y económicas.

La exposición destaca cómo la migración nikkei ha sido un proceso de adaptación, resistencia y construcción comunitaria. Muchos emigrantes inicialmente llegaron como trabajadores contratados en plantaciones agrícolas o industrias, enfrentando discriminación y obstáculos sociales. Con el tiempo, se establecieron, formaron familias, crearon negocios y contribuyeron sustancialmente al desarrollo de sus países de adopción.
Al salir del Museo de la Migración Japonesa al Exterior, me invadió una renovada apreciación por las “raíces errantes” de los nikkei y por las historias migratorias que, al igual que en América Latina, transforman familias, comunidades y naciones. Si algún día viajas a Yokohama, este museo es un testimonio vivo de que la migración no es solo movimiento, sino un legado. Como periodista, me llevé conmigo un pedazo de historia japonesa y la convicción de que, más allá del origen, todos formamos parte de una gran narrativa humana que a diario continúa escribiéndose.