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Alexis L. Leroy Medio Ambiente

La biodiversidad no necesita caridad, necesita arquitectura financiera

Cuando financiamos la preservación inteligente de un bosque en el piedemonte, no solo protegemos un paisaje. Estamos reforzando un ciclo que conecta continentes, océanos y atmósferas.

Hay territorios que sostienen economías enteras y no figuran en ningún balance. El piedemonte del Sur del Meta es uno de ellos.

Allí, donde montaña, bosque y sabana se encuentran, no solo se produce alimento. Se regula agua. Se estabilizan suelos. Se captura carbono. Se mantienen ciclos de humedad que luego permiten que otras regiones tengan lluvia.

Es infraestructura natural. Silenciosa. Invisible. Esencial.

Y, sin embargo, quienes viven en esos territorios, comunidades agropecuarias que preservan, o que podrían preservar con el incentivo correcto, rara vez reciben una remuneración proporcional al valor que generan para todos.

No es una discusión entre producir o conservar. Es entender que producir preservando es posible, si el sistema financiero reconoce ese valor.

Y ese valor no es local. Es planetario.

Pocas veces pensamos que parte de la fertilidad de la Amazonía proviene de un desierto al otro lado del océano.

Cada año, millones de toneladas de polvo mineral del Sahara viajan por la atmósfera y depositan fósforo, hierro y silicio sobre los bosques sudamericanos. Sin ese aporte, muchos suelos amazónicos serían progresivamente menos fértiles.

Ese mismo polvo fertiliza océanos y estimula el crecimiento de microalgas como las diatomeas, organismos microscópicos responsables de una fracción enorme del oxígeno que respiramos y de una parte sustancial de la captura biológica de carbono del planeta.

Es un ciclo que no responde a fronteras ni ideologías. Minerales que cruzan continentes. Microorganismos que estabilizan el clima. Bosques que devuelven humedad a la atmósfera y sostienen lluvias a miles de kilómetros.

La naturaleza ya opera como un sistema de transferencia de valor entre regiones. Un sistema donde nadie factura, pero todos dependen.

El piedemonte, en este contexto, no es un punto aislado en el mapa. Es una bisagra.

Un lugar donde el agua se infiltra en vez de perderse, donde los bosques regulan caudales, donde la evapotranspiración alimenta nubes que después serán lluvia en otras cuencas.

Es parte de esa arquitectura invisible que conecta desiertos, océanos y selvas en un mismo circuito de regeneración biogeoquímica.

Sin embargo, seguimos midiendo casi exclusivamente emisiones evitadas, mientras dejamos fuera del cálculo el agua regulada, la resiliencia climática, la estabilidad social rural o la biodiversidad mantenida. Ahí es donde los mecanismos de financiación deben evolucionar.

El mercado puede ser algo más que compensación. Puede convertirse en un lenguaje financiero que reconozca valor real allí donde ya existe, y que permita transferirlo de forma justa entre quienes se benefician indirectamente y quienes sostienen el equilibrio directamente.

Eso implica cosas muy concretas:

Financiar a comunidades que cuidan ecosistemas antes de que se degraden.

Incentivar prácticas regenerativas, no solo restauraciones tardías.

Entender la adaptación como un activo económico y no como un costo inevitable.

Mirar agua, biodiversidad y carbono como un mismo sistema interdependiente, no como compartimentos aislados.

La biodiversidad no necesita caridad. Necesita arquitectura financiera. Y las comunidades rurales no necesitan discursos. Necesitan incentivos alineados con el valor que ya están creando.

Invertir en estos territorios no es filantropía ambiental. Es invertir en la infraestructura natural que sostiene la estabilidad hídrica, la seguridad alimentaria y, en última instancia, la economía misma.

Porque cuando financiamos la preservación inteligente de un bosque en el piedemonte, no solo protegemos un paisaje. Estamos reforzando un ciclo que conecta continentes, océanos y atmósferas.

Un ciclo que lleva minerales desde un desierto africano hasta una selva sudamericana, que permite que microorganismos marinos capturen carbono y que las lluvias sigan cayendo donde deben caer.

No es romanticismo ambiental. Es contabilidad incompleta. Y es hora de completarla.


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