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Asdrúbal Aguiar María Corina Machado

El encuentro

Lea aquí la última columna de opinión de Asdrúbal Aguiar, secretario general del Grupo Idea.

Por: Asdrúbal Aguiar

Escribo en la víspera, mejor aún a pocas horas del encuentro previsto entre la Premio Nobel de la Paz y líder fundamental de los venezolanos, María Corina Machado, y Donald Trump cabeza de la primera potencia del mundo – en proceso de colocarla como tal (MAGA) – Donald Trump. Prefiero que sea así para no quedar atado en mi comentario a lo que es y todavía será volátil por un tiempo más, a saber, la circunstancia de Venezuela luego de la extracción de una pareja presunta de criminales que detentaba el poder fáctico e inconstitucional, Nicolás Maduro Moros y Cilia Flores.

A estos se les acusa de ser narcotraficantes. Eso habrá de dilucidarlo y decidirlo la justicia federal neoyorquina. Mas, lo que sí es cierto es que los expedientes por crímenes de lesa humanidad, por violaciones sistemáticas y generalizadas de derechos humanos que reposan en los anaqueles de Naciones Unidas y de la Corte Penal Internacional, acopiados desde 2014 hasta el presente, son palmarios y concluyentes en cuanto a las responsabilidades materiales e intelectuales de estos; sin que sean menores las de sus causahabientes restantes en Caracas. Son miles las víctimas. Claman al cielo los informes en serie de las Misiones Independientes del Consejo de Derechos Humanos ginebrino. Los hermanos Rodríguez, causahabientes de Maduro y de Cilia, cabe decirlo, han declarado repetidamente que llegaron y están en el poder para vengarse, para cobrar la deuda insoluta del asesinato de su padre por un policía de la democracia, que pago cárcel por su crimen.

La liberación en curso de los casi novecientes prisioneros políticos, civiles y militares, impuesta por la Casa Blanca a la sucesora temporal y de facto – carece ella de toda legitimidad constitucional, por integrar un gobierno inexistente y extensión de quien la nombrara como su segunda a bordo – habla por sí sola, hace prueba plena. Y esas liberaciones, cabe ajustarlo, no purifican el crimen de privación arbitraria de libertad y de violaciones a la integridad personal – torturas, malos tratos y penas crueles, inhumanas y degradantes – ya ejecutados por razones políticas. Menos – lo que los agrava – al tratarse de encierros que tienen dueños al detal. De allí el retardo en soltarlos, por repartidos dentro de la estructura colectiva de represión que ha hecho del territorio que esta ocupa el Gulag de Occidente, en asociación con cubanos y rusos e iraníes.

El encuentro entre Trump y Machado, indispensable, muy esperado, de suyo habrá de tener y tendrá un significado histórico decisivo para todos los occidentales. No solo para los ibero y angloamericanos o los europeos del Atlántico que los observan con atención, y en un momento inédito en el que Venezuela es la noticia global. Me refiero, justamente, a que la Casa Blanca trilla con el elemento de la estabilización y la recuperación dentro de los espacios venezolanos que afirma gerenciar a distancia, apuntando a lo petrolero. Y se entiende lo último, vista la cuestión en términos prácticos y globales, no por que USA necesite de un insumo que le sobra sino por cuanto pretende evitar siga nutriendo el poder de China, Rusia, Irán y Cuba, en un instante de deslinde de poderes globales. Estamos bajo la emergencia de un Nuevo Orden Global, tal como ocurrió durante la primera y segunda guerra mundiales, bajo una tercera guerra de distinta generación, predispuesta para la forja de otra fase histórica, tras el quiebre epocal de 1989.

El Derecho internacional posmoderno, el que ha regido desde 1945, levantado sobre la tragedia del Holocausto y que, rompiendo el paradigma clásico, cambia – al menos estatutariamente, en la Carta de San Francisco – la predicada soberanía de los Estados para sujetarla y transformarla en una “competencia reglada” y limitada por el respeto universal a la dignidad humana, ha llegado a su final. No exagero. No es coloquialismo. Que la ONU esté solo pendiente de debatir sobre la identidad de género o sobre el derecho al aborto luego de habérsele declarado responsable del genocidio ocurrido en Ruanda, de haber sido incapaz de frenar la agresión de Rusia a Ucrania, en 2014, muestra que cayó en el abismo, tal como lo afirmase su propio secretario, el señor Guterres. Y que las potencias garantes del orden mundial hayan decidido entrar en competencia para dirimir sus nuevos equilibrios geopolíticos, una vez como quedase roto el equilibrio este-oeste tras la caída del Muro de Berlín y el agotamiento por fracaso del comunismo, confirma que el sistema internacional conocido es una antigualla. Medra deconstruida y es inútil. Sino que nos lo diga lo más reciente, que se ha vuelto una aporía que peca de estulticia.

A Venezuela y a sus poderes constitucionales y soberanos los secuestró una colusión entre el terrorismo y el narcotráfico estructurados, vueltos una organización criminal trasnacional que ha usado de aquellos para proteger sus crímenes tras el telón de una inmunidad soberana secuestrada, comprada. Resulta que, al perseguírsela policialmente, ante la probada limitación de las organizaciones internacionales para actuar al respecto, saltan las alertas de que ello viola al mismo Derecho internacional. ¿Es Estado y gobierno, sujeto del Derecho internacional, un cártel o estructura mafiosa que se disfraza de soberano? ¿En que parte de los tratados en vigor existe esa extraña modalidad o figura propia del siglo XXI y de su dictadura del relativismo?

Pues bien, lo central es que María Corina, antes de acudir a Oslo para la recepción del Premio Nobel, hace público su Manifiesto de Libertad, su decálogo, el que inspira su lucha y la sitúa más allá de la brega que emprendiese para ser candidata presidencial en Venezuela. Se la inhabilitó, pero no dejó de tener detrás de sí al conjunto casi total de los venezolanos. La razón huelga. El venezolano común, ante el político que ve derrotado, le reza un responso y lo olvida. No es el caso de Machado, pues sirve a una causa, no a un propósito banal o transitorio de poder: “Que la dignidad sea la fuerza motriz de nuestra revitalización nacional: la fuerza que establezca un mercado libre de ideas y de empresa, que promueva el desarrollo pleno de cada persona y que limite la autoridad del Estado a su función legítima: la de ser el firme guardián de nuestros derechos inalienables”, es su predicado.

Esa tesis la refuerza seguidamente, el Comité Nobel, al recordarle al mundo, en un instante de descreimiento democrático y de prédica sino-rusa en contra de la democracia como experiencia de vida y estado del espíritu, que no habrá paz sin democracia ni libertad, que no habrá paz sin la participación de la gente.

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Antes de llegar a Washington, María Corina Machado hace su primera escala en Roma, el reservorio de la tradición judeocristiana y grecolatina de la libertad, desde donde se expande y encuentra solidez la civilización occidental, cuya cultura ha sido agredida sostenidamente por el progresismo globalista. Este ha propulsado la deconstrucción de todo sólido cultural, para dejar a la gente huérfana, sin ataduras paternales ni memoria, sumida en un complejo adánico que le ha llevado a destruir sus propios símbolos y sentirse avergonzada de sus progenitores. Entre tanto, Rusia y China tremolan sus culturas, las muestran como signo de estabilidad y las usan para decirle a Occidente que el futuro y la globalización les pertenece, que lo conducirán desde el Pacífico. El Atlántico, nuestra gran mediterráneo, según estos, es pieza de museo.

Entre el petróleo y la libertad

Pues bien, enhorabuena, poniéndole freno a ese deslave, León XIV ha recibido y dialogado con la Nobel de la Paz. Lo relevante es que, al inaugurar su pontificado fijo como hito, uno que comparte a cabalidad con la premisa que anima el “apostolado” de María Corina; mismo que se descubrió al finalizar trágicamente la Segunda Guerra y que lo abandonaron los gobiernos en el camino: la primacía de la persona humana y de su dignidad. “Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra. Una comunicación desarmada y desarmante nos permite compartir una mirada distinta sobre el mundo y actuar de modo coherente con nuestra dignidad humana”, les dijo el pontífice a los periodistas, para luego sentenciar ante los diplomáticos que “nadie puede eximirse de favorecer contextos en los que se tutele la dignidad de cada persona”.

Sus palabras de cierre, dirigidas a los gobiernos fueron concluyentes: “Allí donde las palabras asumen connotaciones ambiguas y ambivalentes, y el mundo virtual, con su percepción distorsionada de la realidad, prevalece sin control; es difícil construir relaciones auténticas, porque decaen las premisas objetivas y reales de la comunicación.”

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Es en este orden y vistos los antecedentes anteriores desde donde cabe situar el encuentro, ahora en Washington, de María Corina Machado con el presidente Trump. La realidad de mal absoluto instalada en Venezuela, reclama de ser extirpada, como fue extirpado el nazismo y el fascismo a fin de permitir la recuperación europea. Sin esto, la recuperación de la nación venezolana y su bienestar serán ficticios. El sentido de lo petrolero, su urgencia como palanca y pivote para lo inmediato no puede discutirse; pero no es la finalidad, menos tras el daño antropológico que buscó irrogársele a los venezolanos, a fin de impedírseles dejar atrás la condición de víctimas a las que se les ha sujetado durante casi 200 años. Ayer lo fue bajo el mito de El Dorado y la presencia envolvente del dictador o gendarme necesario, o padre bueno y fuerte que vela por sus hijos desvalidos. Ahora, el riesgo de que sólo lo petrolero y el darle alimento al país bastará para garantizar la paz y la gobernabilidad, indispensables para luego gobernar constitucionalmente a Venezuela, si bien está presente sería un camino hacia otra tragedia. Es una amenaza de regresión, a tenor de lo vivido por los venezolanos, una nación resiliente y que les está mostrando su sólida preparación al planeta, por vía de su diáspora. El desafío, pues, no es exprimir al petróleo, sino dominarlo, hacerlo respetuoso de la libertad y la dignidad de cada persona.

Cabe situar en su justo contexto y ejemplaridad, entonces, en el escenario de Washington, cuyo desenlace aún no conocemos al escribir estas líneas, el ideario que bajo brazo carga consigo y a diario la Premio Nobel de la Paz: “Porque en una república libre el único soberano es el pueblo; porque nuestra soberanía popular y nacional es inalienable, y porque los venezolanos sabemos que la libertad debe defenderse cada día, no hay lugar para el miedo”. “Ningún régimen, sistema político o tiranía tiene el poder de arrebatarnos lo que es divinamente nuestro: el derecho a vivir con dignidad, hablar con libertad, crear, soñar y prosperar como individuos.”

Ha dicho María Corina, también, que “La riqueza de Venezuela nunca más volverá a concentrarse en manos de un solo poder centralizado. Imaginemos una nueva Venezuela líder del hemisferio occidental, convertida en el principal centro energético del mundo: símbolo de independencia e innovación”, dice. Y ajusta lo que es sustantivo, a saber: “Recordemos lo que la historia nos comprueba: cuando las personas prosperan como consecuencia de su trabajo, todos los demás derechos humanos vienen dados como consecuencia”. Su conclusión no deja espacios para la duda: “Venezuela solo se levantará plenamente cuando quienes cometieron crímenes de lesa humanidad sean juzgados por la ley y por la historia”.


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